Idler es una palabra inglesa que significa algo así como haragán, perezoso, inactivo, zángano y otros sinónimos que se os ocurran.
Sin embargo, aplicada a la paternidad/maternidad viene a indicar un tipo de vida familiar en la que no hay tantas obligaciones ni exigencias, de manera que se puede disfrutar de una vida en familia sencilla y en principio con menos estrés para todos los miembros que la forman.
En internet hay ¡cómo no!, un portal dedicado a esta filosofía del
menos es más. Se trata de
The Idle Parent, es del escritor Tom Hodkinson y lo descubrí a través del editorial del último número de
Crecer en familia.
Después de leer el
manifiesto de los padres haraganes, me voy a apuntar al club, aunque reconozco que aún me falta mucho para conseguir ser realmente una madre perezosa. Aquí dejo una traducción hecha con la ayuda inestimable del
gúgel traductor:
Rechazamos la idea de que la crianza de los hijos requiere un trabajo duro.
Nos comprometemos a dejar a nuestros hijos solos.
Rechazamos el consumismo desenfrenado que invade a los niños desde que nacen.
Les hemos leído poesía e historias fantásticas sin moraleja/moralina.
Bebemos alcohol sin culpa.
Rechazamos al puritano interno.
No malgastamos dinero los días de fiesta y en vacaciones.
Un padre perezoso es un padre ahorrador.
Un padre perezoso es un padre creativo.
Nos tumbamos en la cama el mayor tiempo posible.
Tratamos de no interferir.
Jugamos en campos y bosques.
Los llevamos al jardín y cerramos la puerta para poder limpiar la casa.
Los dos trabajamos lo menos posible, sobre todo cuando los niños son pequeños.
El tiempo es más importante que el dinero.
Un desorden feliz es mejor que una pulcritud triste.
Abajo la escuela.
Llenamos la casa con música y alegría.
Rechazamos las pautas de salud y seguridad.
Aceptamos la responsabilidad.
Hay muchos caminos.
Más juego, menos trabajo.
Esta visión de la familia está bastante presente actualmente, imagino que como reacción a la hiperprotección e hiperinterferencia que hacen algunos padres en las vidas de sus hijos, en sus juegos, en su forma de ser incluso.
Hay cosas que me cansan sólo de pensar en ellas. Me refiero por ejemplo a esos días sobrecargados de actividades para niños y adultos, en que padres e hijos apenas se ven un par de horas por la noche. Esos fines de semana que son planificados casi hora a hora por los padres, con compras, visitas culturales, talleres de actividades para niños, visitas obligadas a familiares (bueno, esto quizás no sea una sobrecarga en algunos casos, pero estoy segura de que hay más de uno que piensa en ello como una terrible obligación semanal, y me incluyo). Esas, por decir algo, vacaciones de verano que los niños pasan en campamentos urbanos o no urbanos, en colegios abiertos todo el mes de julio, o luego con los padres corriendo de un lugar a otro para hacer actividades programadas supuestamente lúdicas.
Todo el tiempo haciendo, haciendo, haciendo.
Sobre todo esto también se habla en el libro
Simplicity Parenting, que estoy leyendo desde hace unos meses (lectura lenta, que lo llamo). De inspiración
waldorfiana, da una serie de recomendaciones (al estilo americano, ya sabéis) para intentar simplificar los días y que los niños tengan tiempo para jugar de forma libre y no hacer nada, y aburrirse, además de otros consejos que les dejen vivir una infancia de las de verdad.
Otros libros que van en esta línea de simplificar y devolver la infancia a los niños, y la vida bien vivida a los adultos, son
los de Carl Honoré.
¿Conocéis más libros o movimientos en este sentido?